La sesión

Él entró y se sentó, incómodo. Nunca le gustaron las visitas al psicólogo.  ¿Quién se cree que es, después de todo, para andar evaluando qué está bien y qué no? Si lo pensaba un poco, quizás sus años de universidad y su título lo habilitaban para hacer eso. Pero esa sensación de que se le metía en la cabeza y le abría puertas que estaban bien cerradas... eso era lo que más le molestaba.
 
Se miraron largamente. En algún momento, se vio desde afuera y le pareció que era lo más parecido a dos luchadores de Sumo en esos momentos previos al gran choque. Cuando se miran, agazapados, un poco arrepentidos por estar en esa situación. Es que, si lo pensás bien, ¿a quién se le ocurre ponerse pañales siendo una bestia de 250 kilos y casi 2 metros de altura, subirse a un escenario y cagarse a trompadas contra otro de igual tamaño y la misma falta de vergüenza?
 
 - ¿Qué tal tu semana? - le dijo de pronto
 
Una manera bien de mierda para empezar cualquier conversación. Imaginate entonces una sesión de terapia. Mil veces peor.  De pronto, se acordó de su infancia. Rarísimo. Pero ahí estaba, en su cabeza, esa imagen que se le venía muy seguido: la calesita y ese infame del calesitero con su sortija maléfica. 
 
Cada vez que se subía a la calesita, su único objetivo era capturar la sortija y demostarle al mundo que tan inútil no era. Que podía. Que tenía, contra todos los pronósticos, un talento oculto que le permitía atrapar ese premio tan deseado por muchos pero solo reservado para unos pocos.
 
Pocas veces lo conseguía y, en parte, era culpa del calesitero que manejaba esa pera de madera con una maestría pocas veces vista. Entonces se armó su "Gran Slam" de calesitas y se prometió que conseguiría todas y cada una de las sortijas y luego se retiraría para siempre. Triunfante. 
 
Le llevó un poco más de lo que en su mente había calculado pero cuando consiguió la última de las sortijas, lloró de la emoción. Pese a sus 28 años, en el interior seguía siendo un niño con un sueño por cumplir. Lástima que ya no le importaba a nadie. 
 
 - Bien. Todo bien - le respondió. Ni en pedo le iba a contar algo tan profundo como lo de la calesita. 
 
 - ¿Bien? - repreguntó con ese tonito de sorete que pone cuando se hace el abogado de juicio a OJ Simpson. No iba a caer en esa tan fácil.
 
 - Si. Bien. ¿Lo tuyo? - interrogó sabiendo que, en ese ámbito, no se permite la pregunta al profesional. 
 
 - Hablemos de vos, no de mi - suspiró, previsible - ¿Cómo te sentís? 
 
 Fue un puñal. No la vio venir. Casi como cuando lo pusieron de arquero en el equipo de la escuela en la final del intercolegial nacional. En un lugar donde casi todos los amigos de él hubieran querido estar, fue una maldición. Ser arquero es muy complicado porque se juega poco en comparación al resto del equipo y, además, demanda un poder de concentración como pocos. Y para él, ese era su talón de Aquiles. Se distraía con mucha facilidad y, ante el stress, mucho más. 
 
Él no debería haber jugado esa final. Ni esa final ni ningún partido si es que había que ser sincero. Pero nadie quería ser arquero y era la única opción. Así que fue titular en esa final porque el anterior arquero había decidido que era mejor plan ir al cine y había faltado. 
 
Se puso el buzo, los guantes y se ubicó en el arco. Su equipo era muy bueno entonces la mayor parte del encuentro se jugó en el campo contrario. Allí empezó su calvario. Nunca supo como fue, de qué forma ni en qué momento pero, de pronto, escuchó gritos desesperados y lo despertó de su ensoñación. 
 
La pelota volaba hacia él desde lo alto del cielo y se precipitaba como una bala de cañón en las luchas entre piratas y mercaderes allá en el norte del mundo. Dudó mucho sobre cuál sería el mejor movimiento para realizar en ese instante final. Tanto dudó que la pelota le pegó en la frente y entró, mansita, en el arco. 
 
 Él nunca lo supo porque cayó desmayado y se despertó en la salita de emergencias algunos minutos después pero esa acción desató el karma que lo perseguiría a lo largo de su estadía escolar y universitaria.
 
 - Me siento bien - le respondió mientras recordaba ese hecho triste de su vida y que lo marcó para siempre. Que se vaya a cagar. No le iba a contar nada.
 
 - Ajá... Ajá... Entiendo... - comentó mientras garabateaba en su libreta de chismes - Dejemos acá por hoy. ¿Te parece? - lo interrogó.
 
 "Y... si no sabés vos..." pensó pero no lo dijo. No le iba a dar el gusto de coincidir con él. No vaya a ser cosa que se agrande y después... ¿Quien lo banca? Es cierto que es su trabajo pero ¿para qué le pregunta? Si si... obvio que la seguimos la semana que viene. Y, como viene la mano, la otra y la otra. Y así. 
 
Pero no iba a dar el brazo a torcer. Iba a sostenerlo hasta que él se canse y le diga que no vaya más. Si había que seguir mintiendo, lo iba a hacer. Después de todo, era un experto. Si quería que lo dejaran por hoy, lo dejaban por hoy.  Obvio que si.
 
Lo que no entendía era que, para él, la vida no fue color de rosas. Ni de ningún color en realidad. Porque él era daltónico. Así que su vida fue una gama de grises constante. 
 
 - Dale. Me parece - sonrió y, por dentro, se puso triste.