CORDEROY PLUSH | PRÖLÖGÖ

Desarmar una bomba con los ojos vendados es un problema. Pero es peor aún cuando, además, ambas manos están atadas entre sí. El sonido del reloj retrocediendo el tiempo hace insoportable la tarea. Son treinta segundos y se acaba todo. Quizás sea bueno relajarse y repasar rápidamente los mejores momentos de la vida. Corderoy Plush cerró los ojos y se dio cuenta de que era innecesario ya que los tenía vendados. Los abrió y volvió a darse cuenta de la inutilidad de esa tarea. Sobre todo cuando ya había gastado dos preciosos segundos. Plush comprendió en ese momento que moriría y se concentró para recordar su infancia, su adolescencia, su madurez… pero no pudo. Tenía que desactivar la bomba.

Su entrenado oído detectó que se trataba de un clásico explosivo israelí pero de manufactura libanesa. El reloj en vez de tener cuenta regresiva, era progresiva. El problema con esas bombas era que no se sabía el límite. En cualquier momento explotan sin previo aviso.

Plush había calculado los treinta segundos porque una de las principales fallas que tienen ese tipo de artefactos es que, ante cada segundo, se activa el rezo correspondiente de la liturgia libanesa de la primera centuria. Durante su duro entrenamiento, Plush fue sometido a largas horas de aprendizaje del método culto libanés con lo cual entendía a la perfección cada cadencia, cada salmo, cada versículo de esa bella historia de amor que relatan aquellos pasajes de oriente medio. Allí aprendió que nunca los religiosos entonan más de treinta salmos consecutivos porque lo entienden como una afrenta hacia su dios. Por eso comprendió que su destino estaba sellado.

Se preguntó como sería morir en esa situación y le vino a la mente la anécdota que le contara años atrás su ex – amigo Izar Harriar, “el árabe”, de profesión kamikaze. Profesión ingrata si las hay. Izar siempre comentaba que morir en una explosión era como abrir una lata de gaseosa luego de agitarla. No se sabe como y de qué forma pero en pocos segundos toda la zona cercana se invade de líquido pegajoso. Luego de varios años, se distanciaron. No por peleas, no por la lejanía sino porque Izar tuvo la desgracia de estornudar mientras cargaba su cinturón.

Los segundos seguían pasando. Corderoy Plush dejaría de existir y era una pena. Recordó que no vería el final de su novela favorita. Recordó que nunca había probado finalmente el postre que hiciera famoso al chef italiano Giussepe Mascarpone: “tagliateli frito e tomatto di parma con crema”. Una delicia. Cuantas cosas que se perdería…

Intentó una última opción. Juntó fuerzas, juntó saliva y escupió en dirección a la bomba. Quizás el contacto con el líquido pastoso haría que el mecanismo se desactivara. En algo coincidían los israelíes y los libaneses: odiaban que los escupieran. Lo hizo con las últimas fuerzas que le quedaban. Escupió tan fuerte que le salió sangre por la nariz.

La dirección fue la correcta, el impulso también. La fuerza fue la necesaria para abrir un agujero en la pared. Lo que no contaba Plush era con la mordaza que tenía y que le rodeaba toda su boca. El golpe por el rebote del gargajo asesino pegó contra su tráquea con tanta violencia que se sacudió para atrás y pegó su cabeza contra la pared.

Aún atolondrado por el golpe, se dio cuenta de lo inevitable: moriría. Y lo haría antes de poder tan siquiera recordar el nombre del amor de su vida. Pero esa era otra historia…