La niña que se tomaba el tiempo para todo

Dedicado a mi hija Camila

 Tengo una historia para contarles. Es la historia de una chica. Pero ojo: no es una niña normal. Se trata de una niña que se tomaba el tiempo para hacer todo. Nada de andar a las apuradas, tropezándose con la vida.

Antes de seguir, elijamos un nombre. Porque andar diciendo “chica” “niña” “mujercita” es un tanto molesto. El nombre debería ser divertido, lindo de decir, que te llene la boca de cosas lindas. Porque, amigos, tener un buen nombre siempre es un buen comienzo ¿no creen? Tiene que sonar lindo, que den ganas de decirlo mil veces. Y que termine con la boca bien abierta. Que te fuerce a sonreír de solo pensarlo. Se va a llamar CAMILA.

Resulta que Camila, nuestra chica que se tomaba el tiempo para todo, empezó haciendo honor a su destino. Porque no fue que nació así, de una. La mamá estuvo dale que te dale, con el papá al lado tratando de ayudar pero molestando más de la cuenta (sería una constante en la vida de ese matrimonio. Pero esa es otra historia) La cuestión es que Camila estuvo 8 horas hasta que, finalmente, nació.

Hasta ese momento, sus papás eran felices. O es lo que ellos pensaban. Porque se habían conocido, enamorado, casado y se fueron a vivir felices (sin comer perdices, por favor te lo pido) Y en eso andaban, creyendo que eran lo más feliz que se puede ser.

No se si les pasó alguna vez que creyeron que algo era definitivo, total, hasta que de pronto se dan cuenta de que estaban MUY equivocados. Bueno, a los papás de Camila les pasó exactamente eso. Estaban convencidos de que eran lo más felices que podían ser y, de pronto, su corazón les contó que esto era solamente el comienzo. Cuando nació Camila entendieron lo que significaba realmente ser feliz por completo.

Esa chiquita, que se había tomado su tiempo para nacer, estaba ahí para decirles que no entendían nada. Que ser feliz era otra cosa. Que amar incondicionalmente es esto: es mirar a un ser diminuto, pataleando y llorando a los gritos y que no te importe nada. Es llenarse los ojos de un amor que va a ser para siempre.

Camila fue creciendo, bien despacito, dando un paso atrás de otro pensando mucho mucho si el siguiente valía la pena.

Y pasaron miles toboganes llenos de ganas de treparse pero evaluando mil años si hacerlo o no, viendo a otros subirse sin miedo. Dudando si estaba bien dudar. Pensando si valía la pena pensar tanto.

Pero Camila es así. Es la chica que se toma el tiempo para hacer todo.

¿Está bien? ¿Está mal? No lo se. Lo único que me queda claro es que Camila avanza a su ritmo. Despacito pero firme. ¿Qué apuro hay? Lo importante es que el camino se transite. La velocidad ella se la deja a los que les gusta correr.

La cuestión es que Camila caminó su vida, llenando cada espacio donde le tocó estar con su alegría, su sensibilidad, su consejo bien dado, su amor por las pequeñas cosas.

Hablando de pequeñas cosas... ¿Les conté que Camila andaba con una bolsita SIEMPRE, cada vez que salía de su casa? No importaba mucho lo que llevaba adentro. Ella la llevaba “por las dudas, papi” como le dijo más de una vez a su papá.

Pasó el jardín, la primaria. Llegó la secundaria, llena de miedos y cosas nuevas. Se mudó de casa y hasta se mudó de país. Pero Camila, la chica que se toma el tiempo para todo, sobrevivió (a su pesar) convirtiéndose en una hermosa mujer.

¿Saben qué? Ir corriendo por la vida no es señal de pasarla bien. Lo importante es avanzar. A la velocidad que sea, pero avanzar. Y nuestra heroína, Camila, por más que a veces se tome un tiempo extra para TODO, avanza y le va (muy) bien aunque le cueste reconocerlo.

Esta es la historia de Camila, la chica que no se tropieza con la vida. Que piensa mucho cada paso que da. Que no es gigante pero llena todos los lugares. Que no grita (a veces si) pero su voz se escucha. La chica que no llama la atención cuando entra a un lugar pero que, cuando se va, todo el mundo sabe que estuvo ahí. La que no habla mucho pero dice mil cosas. Sensible lo suficiente para que todos la quieran. Amorosa pero sin empalagar. Inteligente. Buena persona. Divertida. Con ojos curiosos, llenos de dudas pero también de millones de certezas.

Si andar lento, con cuidado, te convierte en todo eso... entonces no está para nada mal. Después de todo, ¿quién le puso velocidad a la vida?

Este cuento no tiene un final porque ella tiene 19 años. Pero, como todo cuento, tiene que finalizar con una moraleja, una enseñanza, un “ah... mirá que piola esto!”. Sobre todo para que, cuando lo leas alguna noche antes de irte a dormir, te acuestes pensando.

La moraleja sería: por más que la vida te ponga toboganes gigantes que te llenen de miedo, siempre llevá una bolsita colgada del brazo por las dudas.

Ah... y colorín colorado, este cuento recién ha empezado!

La sesión

 Él entró y se sentó, incómodo. Nunca le gustaron las visitas al psicólogo.  ¿Quién se cree que es, después de todo, para andar evaluando qué está bien y qué no? Si lo pensaba un poco, quizás sus años de universidad y su título lo habilitaban para hacer eso. Pero esa sensación de que se le metía en la cabeza y le abría puertas que estaban bien cerradas... eso era lo que más le molestaba.

El Penal

La cantidad de gente era lo de menos. Lo más importante estaba en el punto del penal y lo que iba a pasar (para mal o para bien) en menos de dos o tres minutos. "Penal bien pateado es gol" siempre dicen. "Claro" pensaba El Tuerto "total… el que patea soy yo".

Acomodó la pelota haciéndola girar entre sus manos, como buscando el punto exacto donde apoyarla en el punto de cal. "¿Por qué le dicen "punto" si es grande como una torta?" pensó El Tuerto haciendo una mueca que, desde las cabinas, sería entendida como un gesto de suficiencia. En ese momento se le ocurrió pedir el cambio de pelota. "Está desinflada" le dijo al árbitro holandés, sabiendo que no lo iba a entender. El arquero se acercó corriendo, quejándose. "Vos cerrá el orto" le dijo El Tuerto aún teniendo en cuenta que el jugador del otro equipo no hablaba español.

El gato Marconi

En el libro "El gato te mete el perro", el veterinario y poeta Augusto Marconi escribió: "El gato es un animal. El perro también. Sin embargo, el gato es mas fuerte. Levanta autos sin ir mas lejos. Y no va mas lejos porque, justamente, el gato tiene el auto levantado. Sino, iría lejísimos. Muy lejos. Pero vuelve. Va y vuelve. Como un búmerang pero animal. Eso es el gato. El perro no. El perro es del hogar. De la chimenea. Tanto palito que le tirás y te lo trae, el hogar es hermoso. Una locura de llamas. Y viene. Es decir, vos lo llamás y viene. El perro viene. Va y viene. Pero si lo llamás, viene. El gato no. El gato viene cuando quiere. De ahí el nombre. Gato. Del latín: "Agathasivieneus" que, como es de conocimiento general, significa que viene cuando quiere como expresé con antelación"

La exigencia del mozo

Yo le pido al mozo. Pero no le exijo ¿eh? Le pido. Le digo "por favor" y le digo "gracias". Es más, le digo "gracias ¿eh?". Le agrego ese "¿eh?" al final como para hacerlo sentir mejor. Y se lo digo con tono de pregunta. Para generar complicidad. Porque sino puede sonar a que lo estás puteando. Si le decís "eh" suena a "gracias, pelotudo" y no es la idea.